sábado, 14 de marzo de 2015

NICOLAS II Último Zar de Rusia 15 DE MARZO DE 1917





15 DE MARZO DE 1917



En Rusia, durante la primera fase de la revolución, el Zar Nicolás II es obligado a abdicar, terminando así con la dinastía de los Romanov y con la monarquía.

Pocos días después, Nicolás II y su familia serán hechos prisioneros. Al año siguiente, el 17 de julio serán fusilados junto con algunos sirvientes, el médico de la familia y el perro del niño.

Olga con Anna Virubova y Tatiana




Nicolás II, nacido Nikolay Aleksándrovich Románov (San Petersburgo, 18 de mayo de 1868 – Ekaterinburgo, 17 de julio de 1918) fue el último Emperador de Rusia hasta su abdicación en 1917; con su ejecución por el movimiento revolucionario de los bolcheviques, durante la Segunda Revolución Rusa se extinguió la dinastía Románov.


El futuro emperador Nicolás II fue educado en los rígidos cánones de la corte rusa y en un marcado aislamiento de la agitada y convulsionada situación interna del país. Su tutor oficial fue Konstantin Petrovich Pobiedonostev, gracias al cual Nicolás aprendió las convicciones autocráticas de su padre Alejandro III y la doctrina del origen divino del poder del zar. Fue educado como un aristócrata, obteniendo una gran cultura y una esmerada educación y gracias a los viajes a Inglaterra, Japón y la India efectuados durante su juventud y a su parentesco con la realeza británica, hablaba con soltura inglés, francés —a la sazón la lengua preferida entre la belle societé rusa— y alemán. Un hecho destacable era el notable parecido físico que guardaba con el futuro rey Jorge V de Inglaterra. Muchas veces ambos bromeaban cambiándose sus vestimentas para imitar sus roles respectivos.

Su vida juvenil transcurrió en un ambiente muy relajado y ajeno en parte a la realidad del pueblo ruso. Tuvo algunos amores de juventud como la bailarina Mathilde Kschessinska, pero se quedó prendado de una de las nietas de la reina Victoria, la princesa Alix de Hesse-Darmstadt, a la que llamaba Sunny y estableció con ella una relación muy romántica y duradera






jueves, 12 de marzo de 2015

EL ARBOL DE LA LLUVIA






El Garoé, arbol sagrado de la lluvia 

Cuenta la leyenda que desde antiguo hubo en El Hierro un árbol que manaba agua. Los bimbaches lo llamaban Garoé (‘río, laguna’) y era uno de sus bienes más preciados al no haber en la Isla más fuente que sus hojas. Cuando llegaron los conquistadores, los bimbaches decidieron mantener en secreto el escondite de su Árbol Sagrado. Lo hacían con la esperanza de que los extranjeros abandonasen el lugar al no hallar en él ni ríos ni manantiales.




Sin embargo, el secreto sólo se guardó durante un tiempo: una joven isleña se enamoró de un soldado europeo y acabó mostrándole el lugar donde se hallaba el Garoé. Los conquistadores no tardaron en apoderarse del árbol, acabando así con la libertad de los bimbaches, quienes condenaron a muerte a la traidora. Ahora conocemos que el Garoé (un Til), debido a su ubicación en la cabecera de un barranco de la localidad de San Andrés, captaba y sigue captando con sus ramas y hojas el agua de la niebla.
En la actualidad puede ser visitado este singular lugar donde se conservan los huecos excavados a los pies del árbol llenos de agua, de los que se abastecían los bimbaches.
El garoé (posiblemente un ejemplar de Ocotea foetens, conocido como til o tilo) fue el árbol sagrado de los bimbaches, antiguos habitantes de El Hierro, en las Islas Canarias así como uno de sus símbolos. Incluso el escudo de El Hierro recoge un árbol con su copa rodeada de nubes del que caen gotas de agua.


Cuentan las crónicas de la Conquista que en la Isla del Hierro hubo un árbol al que los naturales llamaban garoé. No conocían los españoles de otro árbol similar en todo el archipiélago o tierra conocida. El caso es que las grandes hojas del garoé eran capaces de captar y destilar el agua de las nieblas que a él llegaban, agua que se recogía en grandes oquedades hechas en torno al árbol por los bimbaches. No había más agua en el Hierro que la que dimanaba del garoé. Por ello, el pueblo bimbache ?entonces una escasa población? tenía al garoé por una divinidad digna de toda adoración. Este mítico árbol se encontraba en una zona cercana a Tiñor, en una ladera constantemente bañada por el alisio, y a unos mil metros de altura sobre el nivel del mar. Se sabe que el garoé era de impresionante tamaño y que su tronco tenía metro y medio de diámetro.
A la llegada de los españoles, los bimbaches resolvieron ocultar a estos la cualidad del garoé para que, no hallando agua, la sed les hiciera tornarse prestos a sus bases. Ya a punto estuvieron de conseguir su propósito. Pero Agarfa, una joven bimbache, se enamoró de un soldado andaluz que formaba parte de la expedición, y ?traicionando a los suyos? lo condujo directamente hasta el árbol que el necesario elemento les proporcionaba. Poco después Armiche, el Mencey fue capturado y con él todos aquellos que lo seguían y defendían.
Pero he aquí que, en 1610, fortísimos vientos arrasaron toda esa zona y el árbol garoé fue arrancado de la tierra que tan orgullosamente lo alimentaba. Tras él, la población aborigen de El Hierro, los bimbaches, también desaparecieron por falta de agua, entre otras cosas.
Hoy en día se piensa que el garoé podría haber pertenecido a una especie que tiene por nombre Ocotea foetens.

EL GRITO DE FERINTO



EL GRITO DE  FERINTO






Cuando Jean de Bethencourt llegó a El Hierro, vivía en la isla un bimbache llamado Ferinto, el cual se convirtió en el tormento de los conquistadores. Jamás los dejaba tranquilos y los hostigaba continuamente. Por mucho que los invasores perseguían a Ferinto, su agilidad era tal que no lograban atraparle.

Un día este herreño fue traicionado por alguno de los suyos y los europeos rodearon su guarida, con la intención de prenderle. Sin embargo, Ferinto logró huir hasta el borde de un profundo barranco, cercano a Valverde.

De poco le sirvió a Ferinto su huída, porque sus enemigos estrecharon aún más el cerco, hasta que se vio totalmente perdido. Mientras que a sus espaldas estaban los castellanos, bajo su pies se abría un horroroso abismo. Comprendió que una caída le ocasionaría la muerte.

A pesar de todo, reflexionó Ferinto, ¿qué es la vida, cuando se ha perdido la libertad? ¿Para qué sirven el aire que nos rodea, las aguas que los dioses destilan de los árboles sagrados o las montañas con sus misterios si todo eso es ultrajado, despreciado y deshonrado por gentes que vienen a tratarnos como esclavos? ¿De qué sirve mi vida si mi voluntad se trunca a cada paso? ¿No es mejor morir despeñado y convertir mi muerte en un acto liberal?

Ferinto cogió aliento. flexionó sus poderosas piernas, saltó.... Y, superando toda expectativa, logró llegar al otro lado del cauce, poniendo sus pies en el lugar que hoy se conoce como El Salto del Guanche.

Sin embargo, de nada le sirvió. Allí también le esperaban los conquistadores con las armas prestas. La desesperación de ver su libertad perdida impulsó al bimbache a gritar. Lanzó un grito tan fiero, tan grande, tan alto que atravesó la isla, sobre pinares, barrancos y volcanes, hasta llegar a La Dehesa, en el otro extremo de El Hierro, donde su madre, al escuchar su potente voz, dijo con tristeza:
¡Mi hijo ha sido vencido!