miércoles, 12 de marzo de 2014

Luzbel, el primer ángel que voló.





San Miguel estaba sentado en el borde de una nube, balanceando los pies. Sufría uno de esos días de gloria en los que un tedio celestial le impregnaba hasta la última pluma. Volar de aquí para allá perdía todo interés y adorar a Dios le parecía poco menos que un peloteo hipócrita. Consideraba que la verdadera grandeza está en adorar a nuestros iguales, además de que un ser superior jamás permitiría su endiosamiento. Desde la nube veía a lo lejos a los querubines juguetear con las querubinas, pobres ellas, ángeles de tercera que ni siquiera la divina providencia había permitido que existieran en los textos sagrados. Eran tantos los designios incomprensibles y tanta la eternidad transcurrida, que se había acostumbrado a acatar las órdenes flamígeras sin rechistar ni buscarles justificación. Sólo cuando las nubes parecían negras a su mirada, le asaltaban las dudas y se alejaba momentáneamente de la corte celestial: mejor evitar cualquier encuentro con el jefe omnipresente. Entonces se pasaba horas balanceando los pies y mirando hacia abajo, y si alguna lágrima se le escapaba se convertía en lluvia ácida. “Tendría que haberme ido con él”, se decía, y es que no podía evitar echar de menos al que había sido su mejor amigo, Luzbel, el primer ángel que voló.
 
 
 

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